viernes, 30 de marzo de 2012

A 200 años del terremoto de 1812 en Mérida.

Zoraima Guédez Yépez.
DPP Archivo General del Estado Mérida

Mérida se encontraba bajo los estragos producidos por la guerra, con su mirada puesta en la libertad política, con una economía descuidada y una sociedad conmovida en sus cimientos al tomar partido sus habitantes por uno otro bando, cuando la sorprende el terremoto del 26 de marzo de 1812, señalado como uno de los más destructores de los ocurridos en la región andina. En un principio se creyó que había sido el mismo terremoto que había afectado las poblaciones del centro y occidente del país; estudios recientes han demostrado que fueron dos sismos diferentes los que ocurrieron ese jueves santo de 1812, el primero en la zona centro norte de Venezuela a las cuatro y siete minutos de la tarde afectando las poblaciones de Caracas, La Guaira, Barquisimeto y la serranía de Aroa y el segundo acaecido en Mérida a las cinco de la tarde, sintiéndose en las poblaciones de Tabay, Ejido, La Mesa, Lagunillas, San Cristóbal y Trujillo, así como, en Tunja, Bogotá y Pamplona.
El 26 de marzo de 1812, la ciudad se encontraba celebrando los oficios religiosos correspondientes al jueves santo, cuando a las cinco de la tarde sobrevino un sismo de gran intensidad. Por la festividad católica de aquel día muchos feligreses se encontraban en los templos y otros en la tranquilidad de sus hogares. Este fenómeno natural duró escasos segundos, pero causó graves daños a las edificaciones gubernamentales, municipales, religiosas y educativas, así como un sin número de viviendas particulares del centro de la ciudad; de igual manera, las áreas del cuartel donde se encontraban los pertrechos y armamento sufrieron daños considerables. Las víctimas  fueron estimadas entre 800 y 2000; entre los fallecidos se encontraba el Obispo de la Diócesis Santiago Hernández Milanés.
La ciudad vivió una situación de desasosiego producto del terremoto. Durante algunos días hubo momentos de anarquía. Muchos vecinos iniciaron un éxodo a otros lugares de la provincia merideña como Lagunillas y San Juan, otros se trasladaron fuera de los límites provinciales huyendo de la posible repetición de otro evento de la misma naturaleza. Al cumplirse doscientos años de tan terrible suceso, lo recordamos no de manera contemplativa, sino a modo de reflexión sobre las políticas existentes para aminorar los daños que puede causar un fenómeno natural como éste.

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